En el Macizo de Anaga se encuentra Almáciga, un reducto al que no han llegado todavía ni las prisas de la gran ciudad ni la contaminación y el consumismo que se unen siempre a las capitales.
Dentro de Santa Cruz de Tenerife, pero con una singularidad propia, se erige Almáciga, donde su inaccesibilidad la ha salvado de sufrir la urbanización masiva, la construcción de carreteras y de las colas de coches cuyos conductores intentan aparcar en una zona no adecuada. La vida en Almáciga es tranquila, serena y sin sobresaltos. Una ventita, una carretera y casas edificadas como antaño con sus tejas y bellos patios donde los geranios nacen y crecen posándose sobre muros y reventando en macetas donde comparten el espacio con rosales y flores de mundo.
La playa es de arena negra volcánica y los Roques de las Bodegas van alzándose majestuosos al fondo, donde el agua del Atlántico comienza a mojar una costa que, cada verano, se ve visitada por lugareños que acuden a este litoral a disfrutar de un merecido descanso y donde los turistas descubren nuevos parajes que inmortalizan con sus cámaras y apresan para llevarse un recuerdo que nadie más que ellos retendrá en su memoria.
Los surfistas se suelen acercar hasta la costa para practicar su deporte preferido gracias al oleaje del lugar y comparten con los habitantes de la zona la belleza virgen de los rincones que se esconden tras las esquinas de las empinadas calles.
Almáciga ha cambiado desde hace décadas y gracias a ello se mantiene fiel a las tradiciones y respeta las costumbres y la forma de vida de sus moradores.
Las fiestas populares suelen atraer a los visitantes que disfrutan de las mismas y se deleitan el paladar con la gastronomía típica.
Los accesos a Almáciga son dificultosos, pero vale la pena el tiempo dedicado a recorrer la carretera hasta llegar a Almáciga, pasando Taganana, porque se pueden ver entornos como la ermita dedicada a la Virgen de Begoña, donde una zona ajardinada rodea el templo.
No hay excusa para no pasar un día en este entorno donde la naturaleza y las costumbres siguen conservándose puras y donde la prisa y el estrés no tienen posibilidad de existir. Conservar rincones como este es uno de los motivos que deben mover no sólo a Santa Cruz como ciudad, sino a toda la Isla. |